martes, 9 de agosto de 2011

ernst reijseger, tell me everything (2008)



... al inicio (del cedé, de la música, de la tarde...) no se oye nada sino la música del viento haciendo temblar las hojas, su estremecimiento sobre los campos de trigo de la toscana y más lejos, los de la maremma... [y el viento, cargado del olor tan dulce de su cabello, el calor de su cuerpo mezclado secretamente con el olor de la tierra y de las hojas enmohecidas, en la humedad pesada de las lagunas, mientras la vegetación invade los jardines de volpaia...] y en el viento como una cosa viviente, como una respiración, se deslizan unos sonidos venidos de no sé qué islas, con ese ritmo de fandanguillo tocado por un violonchel(ill)o que imita una guitarrilla... y empieza la aventura, la exploración del violonchelo con diferentes útiles o técnicas: los glissandos o glissandi, los grandes arpegios, los pizzicati, el falsetto, la masa sonora compacta...


... y en esas fricciones o fruiciones armónicas con acentos extraños, como recuerdos agridulces de un país o de un tiempo suspendido ¿es la música lo que renace de eco en eco, borrando las edades, pasando de voz en voz, de soplo en soplo...?

... y esos compositores, reisjeger, yasuda... ¿cómo definirlos...? unos músicos que no miran fijamente en frente, que no navegan hacia esas aguas del porvenir, átonas y monocromas, sino en las aguas del pasado, agitadas y coloreadas por el tumulto de las horas idas... una música que no parece saber lo que busca, y ese «no saber...» más o menos fingido, ese ligero desorden, esa posición algo oblícua, forman lo esencial de su identidad o de su originalidad... es una suerte de juego con lo que se escapa, un juego —se diría— sin proyecto, con algo siempre inasequible, siempre por venir, una espera nunca colmada... acaso la espera de una cierta voluptuosidad...

pierre élie mamou


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